Decálogo de la buena estudiante.

Hace no demasiado tiempo, leía un artículo en el que se aconsejaba a los futuros estudiantes de periodismo. La proclama: estudia, trabaja, produce. Y no te muestres débil, querido. Así es el juego en el capitalismo. Lo cansado de todo esto es que no es el primer artículo, ni siquiera el último, que vuelve una y otra vez sobre el mismo estigma: “chicos, ya sabemos que el capitalismo apesta, pero no queda otra.”

Escondidos en la sonrisa cínica del cuñado de turno, periodistas y tertulianos se animan a aconsejar a los más jóvenes (“ay, esos pequeños intrépidos que se creen por encima del sistema…”) en una alarde de cuarentón pasado de rosca. Ya sabéis, ese familiar que os mira de reojo mientras te dice “hay que saber ganarse el pan por uno mismo”. El neoliberal de la vida familiar, señores. Sé independiente. Claro que sí. Con apenas 700 euros en el bolsillo.

La productividad como único objetivo en la vida, adornado en filtros de Instagram. Votar en violeta para luego ir a apartamentos de Airbnb. Bienvenidos a la vida moderna. ¿Qué cobras menos de 1000 euros? Chico, peor están en el Tercer Mundo, ponte Netflix y desconecta, que no es para tanto. Para expiar tus culpas, vota cada cuatro años a gente que lo haga más o menos bien. Sé un buen ciudadano, no la armes demasiado. Al fin y al cabo, ¿estamos en una democracia, no?.

Viendo el panorama, a una se le quitan las ganas de todo. De rebelarse y de seguir la norma. De existir o de dejar de hacerlo. Es, precisamente, esta mezcla de insatisfacción y nihilismo extremo el que me lleva a escribir este artículo. Un artículo que, a pesar de su buena intención, probablemente desprenda las mismas dosis de paternalismo, fruto de mi insatisfacción y de mi chulería vivida.

El caso es que yo también estudié periodismo. La verdad, pude no haberlo hecho. De poco sirvieron aquellos cinco años. O, al menos, eso pienso ahora, mientras apuro estas líneas, con la cabeza ya en el nuevo capítulo de la Tesis. Sí, soy “estudiante de Doctorado”. En mayúsculas, para darle la importancia que el Estado le quita. Para muchos, una excusa para decir que no estás en el paro. En mi caso, la búsqueda de la verdad. O al menos, una buena aproximación a ella.

Lo cierto es que, como eterna estudiante, he podido adquirir ciertos conocimientos sobre la cuestión universitaria. Ah, la Universidad. La dicotomía occidental hecha institución: los desgarrados y joviales universitarios vs sus profesores, esos señores de chaqueta de pana. El duelo generacional servido en semestres y cuatrimestres a la Bolonia. Y que viva el arquetipo.

Y es que la Universidad apesta. Es un hecho. Apesta a tradición, a institucionalización, a patriarcado y a capital. Pero también a rebeldía y a cambio. La Universidad es ese microcosmos en el que ciertas personas eligen pasar cinco años y otras, como yo, su vida entera. La Universidad es la vida. Lo es todo. Es inexperiencia y sabiduría, humildad y egotismo.

Pero, si tienes la suerte de pasar por ella, vívela más allá de los libros. No voy a decirte cómo hacerlo, sólo pretendo compartir mi experiencia para que te vaya lo mejor posible. Así que aquí van mis diez briconsejos viejunos a aquellos que os las hayáis apañado para financiaros cinco o cuatro (los que sean, en realidad) maravillosos años:

Punto nº1: comparte.

Compártelo todo, desde los apuntes hasta el sándwich mixto. Quizá tengas suerte y en tu primera charla universitaria te recuerden la importancia de trabajar en grupo (sobre todo si has estado lo suficientemente loca como para hacer periodismo, filosofía o cualquier carrera que permita a un ingeniero medio dárselas de listo, mientras te mira ligeramente por encima del hombro).

Pero si has caído en una de  esas universidades donde prima más el neoliberalismo que en la misma sede de Ciudadanos, no lo olvides. No eres superior a tus colegas de profesión. Sois todas unas jodidas cobayas, adiestradas para aniquilarse entre ellas. Tu nota de corte es solo un puto número, no lo olvides. Tus sobresalientes, casualidades del destino. Quizá seas jodidamente listo, pero puede que el hecho de haber nacido en una familia de clase media (y si es alta, ni te cuento) haya ayudado bastante. Quizá, oye.

Puede que pienses que lo mejor que puedes hacer es ser un vil trepa y arrimarte al empollón de turno. Sí, bueno, es una opción. Pero también puedes organizarte para leer en grupo, compartir conocimientos y ver los exámenes como un punto más en el camino. No va a ser fácil, aviso. Al sistema le pone verte compitiendo por un mísero examen. Al fin y al cabo, esos colegas tuyos que guardan sus apuntes como oro en paño no son tan distintos de los que venderían su alma en una entrevista de trabajo.

Punto nº2: ve más allá de las fuentes oficiales.

Por extraño que pueda parecer, este punto va más allá del periodismo. Te van a contar mil historias y ninguna de ellas se corresponde con la realidad. Esto es así. La objetividad no existe y hay que asimilarlo. Te hablarán de vencedores, pero no de vencidos. De ellos, pero no de ellas. Desde la perspectiva de uno u otro bando, pero rara vez tomando absoluta distancia.

¿Qué cómo se combate todo esto?. Leyendo, informándote por todos los frentes posibles. Pasa de ese examen tipo test (lo justo para quitártelo de encima) y lánzate de lleno a investigar a fondo. En un mundo donde lo cuantitativo impera, es lógico que, en más de una asignatura, premie el resultado por encima del proceso de aprendizaje. Está en tus manos decidir qué es para ti lo más importante.

Punto nº3: cuestiónate todo lo que aprendas y abre todos los debates necesarios.

Como veníamos diciendo, nadie te asegura que aprendas algo sin un poco de esfuerzo. Puede que tengas una suerte increíble y que coincidas con los mejores profesores de la facultad, con aquellos para los que enseñar es algo más que acumular publicaciones. Pero, por muy afortunado que seas, probablemente coincidas con docentes que están ahí por casualidades del destino. En todo caso, nadie podrá enseñarte nada si tú no pones algo de tu parte. Así que pregunta, cuestiona(te). No te cortes en plantear debates, en serio.

Punto nº 4: ve más allá del cronograma.

Poco vas a aprender si te limitas a seguir el camino pactado. Haz el tuyo propio con aquellas personas que encajen contigo. Ve a museos, galerías, conferencias, seminarios, jornadas, charlas de barrio. Y, por favor, sáltate alguna clase vacía de contenido por otra que te motive de verdad. Sí, acabar la carrera es lo más importante. Pero de nada sirve un título si tienes la mollera vacía. Además, transgredir excita. Aunque solo sea un poquito.

Punto nº 5: viaja.

Como puedas y cuando quieras. Desde viajes de último minuto con tus compañeros hasta un Erasmus. Si no tienes pasta, recurre a vuelos low cost y a amigos que te acojan. Pero muévete todo lo que puedas. En serio, estudiar fuera te va ayudar más a desarrollarte como individuo que todas las matrículas del mundo. Aprende otras lenguas y otras maneras de comunicarse. Aprende que tú también tienes prejuicios y, de paso, cuestiónalos. Si no puedes, pon los cinco sentidos avizor, en busca del guiri universitario. En serio, los hay. Sí, todos esos “Erasmus” que van a tu Universidad son una fuente increíble de recursos. Y teniendo en cuenta cómo está el tema de las becas, quizá no sea tan mala opción.

Punto nº 6: vas a fallar, asúmelo.

Nadie es perfecto, y menos cuando está dando sus primeros pasos. Prepárate para suspender, para un “lo siento, te veo como amigo”. Es jodido, lo sé. Pero es necesario pasar por ello. Vas a cagarla mil veces. Emborrachándote de más, levantándote una mañana sin saber muy bien qué ha pasado la noche anterior. Confiando en personas que acaban jugándotela. Aprende de los golpes y recuerda que lo más importante es levantarse de nuevo.

Punto nº 7: deja de fustigarte.

En serio, no pasa nada. Perderás a muchos en el camino, ganarás a otros. Suspenderás, te quedarás sin curro. Pero recuerda, siempre nos quedará la segunda convocatoria de la vida. Así que sigue adelante.

Punto nº 8: rebélate.

Manifiéstate. Grita. Este es, quizá, uno de los puntos más importantes de este peculiar decálogo. Sé que la Universidad puede ser verdaderamente agotadora: exámenes, prácticas, apañárselas para sobrevivir. Sé que vas a estar hasta el coño de que te digan que “los estudiantes ya no se interesan por la política”. Que estás harta de que los políticos de turno te compren la voz con un par de panfletos.

Sí, lo sé. ¿De qué sirve gritar si nadie escucha? ¿de qué sirve sumarse a un mensaje que apenas te llena?. No te estoy diciendo que te sumes a nada ni a nadie, solo que no te lo quedes para ti. Grítalo. Expulsa tu rabia, grita por tu futuro roto o por la voz que no es escuchada. Pero no te quedes quieta, por favor. Actúa, únete. Hazles saber que, pese a quien les pese, estás viva.

Punto nº 9: Vive, joder.

Vale, pensarás. “¿Estás de coña? ¿Acaso pretendes que me saque todas las asignaturas, que me manifieste y que encima tenga vida social?” Sí, claro. Con una única condición: haz lo que te venga en gana, cuando te venga y en las dosis que necesites. Escucha tu cuerpo y mándales un poquito a la mierda. Ningún examen es realmente tan importante, sólo son números en un expediente que apenas se van a leer en futuras entrevistas de trabajo. Piénsalo.

Vale, sí. No siempre es así, si dependes de una beca para sobrevivir o necesitas una media para esa colaboración que tanto ansías. En ese caso, tómatelo con calma. Al final, todo sale. Y sobre todo, respeta a los que así lo ven. No todos tenemos los mismos privilegios, para algunos la beca es la única posibilidad de estar en la Universidad. Así que no te hagas el listo, deja de juzgar e intenta comprender otras experiencias.

Punto nº 10: la Universidad no es más que un reflejo del sistema.

Desde el profesor que te intimida en los pasillos hasta tus compañeros con su humor rancio y homófobo, pasando por tu jefe de prácticas. Todos ellos forman parte del sistema. Así que acostúmbrate a su presencia y , lo que es más, a su poder. Sé que estarás hasta las narices, que desearás salir de ahí para no volver jamás. Dibujas un mundo utópico sin jefes sexistas y sin compañeros racistas. Pero entonces te despiertas un día cualquiera y te das cuenta de que Donald Trump es el Presidente de Estados Unidos. Es más, el tipo es el ser humano más jodidamente poderoso del planeta. Así que mejor salir preparados de la Universidad, ¿no creéis?.

 

 

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