Supurar.

Asco.

Asco de tu soberbia.

De que te creas alguien.

De esa mano tuya, galante, lista para zarpar.

De esos versos quemados de misoginia que tomaron mi cuerpo por un breve instante.

Y yo me digo

continúa.

Escribe, trabaja, produce. Sé.

Tú, enrazaido en tu despótico orgullo.

Y yo me canso.

Vuelvo a la chica de pueblo para decirle que no.

Que no todo era tan maravilloso como la prosa y los grandes titulares nos habían hecho creer.

Que tras ese brillo urbano se esconde el despecho a lo mundano.

Y yo vuelvo en mí. A mis hermanas.

Para decirme que ya basta. Que no importa cómo, que ya no. No ya.

Que quiero ser libre, joder. 

Que tu canto tóxico me abruma y tu esencia contaminada llega a mí en los labios de otras.

No cito, sí. Pero siento.

Lloro por dentro y nazco raíz que vuelve a la vida.

No importa. No me importas.

Tus manos en mi cuerpo.

Tu susurro camelándome para que pierda toda resistencia. 

Déjate llevar, me decías.

Dura, caliente.

Más y más cerca. 

El límite está en tu deseo. El mío, parece que no cuenta.

Salto. Salpico. Arrollo y lloro.

Shhh..

No es nada, histérica.

No hay semilla que temer, ¿por qué tan seria?

Cuento los silencios acumulados en mi cuerpo desde lo más hondo.

Y DIGO:

Ya basta.

Basta de callar mi sed.

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