Malditos millennials.

Hijas del muro de Berlín, del final del cuento.

Nos prometieron todo y nos quedamos con nada.

Un futuro baldío.

Jugábamos a viejos en patios de gravilla, imitando roles que luego juzgaríamos desfasados. Del discman al messenger, fuimos los conejillos de indias de un nuevo amanecer neoliberal.

Crecimos creyéndonos libres y salvajes, la generación entre algodones.

Las hijas de la Transición y las hermanas pequeñas de Naranjito, llegamos tarde al reparto del pastel.

Y mientras otros disfrutaban de lo servido, nosotras permanecíamos expectantes, esperando para salir del banquillo.

Pero no nos llamaron, decidieron por nosotros. Y Bolonia llegó.

Y con ella, las plazas resurgieron y se volvieron más públicas que nunca.

Del 15M al ocho de marzo, el milenarismo pasó de la distorsión de Arrabal a la más fiera realidad. Y, por una vez, la hicimos nuestra.

Dice el hermano mayor, el de Naranjito y las Olimpiadas, que somos unos privilegiados. Que apenas nos interesamos por nada más allá de nuestros egos, que vaciamos nuestras existencias a golpe de hastag.

Que no leemos papel ni sentimos el calor de la sala de cine. Que somos unos traidores del digital. De aquello que llaman el postdicurso.

Lo dicen desde el privilegio de quién ha podido trabajar de lo suyo tras acabar su formación. Desde el más puro hedonismo vintage de Loquillo y sus vinilos. De quien, habiendo olvidado la guerra de sus abuelos, se permite inventar aquello que llamaron “Movida”.

Que ya no luchamos, dicen padres y abuelos. Pero sin embargo nuestra generación ha sido quién ha llenado calles y plazas en cada marea, creando orgullo Millenial más allá de las redes en cada 15 de Mayo, en cada 8 de marzo. En cada grito.

Redes que configuramos en nuestro pensamiento, superando la linealidad de la vieja Oliveti. Frente a la obcecación de algunos por el canon, el eterno canon cultural, los millenials lo rompemos todo y mezclamos a Bach con Rosalía, los tweets con la Celestina y la nueva cocina la servimos en Youtube. Hacemos lo mismo que Strauss con la polka, cultura para el pueblo.

Y os jode. Vaya que si os jode. Nos acusáis de que nos faltan referentes y nos dais una pila de soñoros en masculino singular para que “aprendamos”. Nos intentáis en vano conducir a un redil que hace tiempo explotamos.

Somos desmedidas, caóticas, verdaderas fieras de la jungla 2.0. Y eso os aterra. Que osemos comparar la arquitectura renacentista con la casa de Paris Hilton. Que rompamos lo binario y la lengua, rompiendo el marco desde el sexo hasta la epiglotis de la RAE. Que atentemos contra el Arte y nos riamos de vuestras musas con buenas dosis de electro-disgusting.

Putochinomaricón, Las bistecs, Mueveloreina, Ezetaerre, Sara Hebe. ¿Lo escucháis? Son los millenials superando el mito y desgranándolo por encima de sus posibilidades mileuristas. Nuestros himnos generacionales ya no hablan de “colarnos en tu fiesta” y han superando el punk, denunciando el racismo, la homofobia, el patriarcado y el capitalismo sin perder el gusto por lo mamarracho, lo extravagante y lo popular.

Desde nuestros cuerpos disgresivos, nos hacemos con el raggeaton como arma disciplinaria contra el IBEX 35. No buscamos la perfección áurea de aquellos, pareciéndonos más a las salvajes juventudes cabareteras que resistían desde la pluma a la Alemania Nazi que a los nihilistas que nos precedieron.

Entre tercios y diálogos, contruimos una nueva realidad que nos encaje más, mientras malvivimos como podemos con trabajos precarios y sueldos irrisorios, fruto de un sistema al que generaciones pasadas poco se molestaron en incordiar, demasiado ocupados en pintarse la pestaña.

Quizá sea el rencor que nos habita el que emana de esas letras disruptivas. Por escuchar una y otra vez lo egoístas que somos, lo poco que leemos y los muchos aguacates que nos comemos.

Malditos hispters, decís.

Y yo no puedo evitar pensar en ese último anuncio de Mahou en el que la hija le dice al padre que los tiempos han cambiado y que ahora la juventud come ramen y hace trap.

Claro, pero es más que eso. Ser Millennial es una actitud, un disparo. Una mueca. Es hacer televisión desde un móvil y crear nuevos formatos de lo narrativo en 140 caracteres. Es un collage de lo abrupto. Un golpe en seco a la alta cultura que ignora al pueblo. Es revolución de los barrios y activismo mamarracho que transita de okupa entre tubos catódicos, hacia nuevas conexiones.

Es Gaysper, respondiendo al fascismo.

No hace falta entenderlo, solo vivirlo.

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