Co xeito das noas nais.

La memoria es un animal esquivo. Es aquello que honramos desde lo lejano, pero que tememos cruzar. Entender lo que fuimos para construir lo que somos. El paso imprescindible. Y yo, que sigo en permanente construcción, no puedo hacer otra cosa que volver. Volver y asumir la llaga. Volver y llorar con orgullo a quiénes no están.

Nací hace 31 años en un pequeño pueblo al lado del mar. Pocos años después de aquello que llamaron Operación Nécora. Me crié entre pescantinas con más fuerza que la Beauvoir, madres y abuelas ajenas que actuaban como propias y te acuerpaban como una más. Mi infancia fue sencilla, entre pan de millo, el Atlántico y viajes infinitos a Santiago de Compostela.

Ahí la cosa comienza a complicarse.

Nací en Cangas por connivencia del destino. O quizá de María Soliño, quién sabe. Nací de prestado, sabiendo que ni entonces ni ahora gozaría del prestigio que otorga los ocho apellidos del Morrazo.

Yo no tengo ocho apellidos del Morrazo (ni ganas que hay).

Pero sí tengo ocho apellidos gallegos.

Mis raíces emanan de A Baixa Limia, de A Baña (e arredores), de A Riveira Sacra. Mis orígenes no son los de la capitalina que a veces juego a impostar, sino la de las manos que cuidaban la tierra, parían por su cuenta (ríete tú de June, te digo) y sentían de un modo propio.

Y pese a todo, soy incapaz de honrarlas con «a fala».

Hablo gallego en la intimidad, con cautela e xeito. Y a veces me libero y suelto parrafadas en castrapo.

Etimológicamente, el castrapo es el castellano impostado. Es el resultado del miedo del pobre ante el despotismo burgués. Más vale castellano bien hablado que galego no colonizado. O eso dicen.

Escribir en gallego es algo que tomo ya por imposible. En parte porque me cuesta y siento que cometo errores constantemente. Callo, omito y otorgo. Reduzco lo que soy, busco audiencias, impongo un deje madrileño y me creo que soy alguien.

En cierta manera, oculto el gallego como he ocultado hasta hace nada lo sáfico. Lo salvaje. Lo que molesta.

Cala, no sabes o que dis. Falas mal, mellor segue a falar o que xa tes recoñecido. Recoñecido polo prestixio. ¿Nos ves o que che fixo sufrir esta xente? Non ves o que vos fixeron a ti e a Sonia, e a tantas e tantas disidentes? Fuxir da terra. Fuxir das lembranzas. Un xeito necesario pra sobrervivir. A única maneira de tirar pra diante. O único xeito de aturar. De non morrer. De esquecer o que foi. Sempre falando de ti e dos teus, sempre marmurando. E ti sempre escondéndote do que realmente eras.

Ay, miña rula, andabas ven equivocada.

Retomar la lengua vernacúla de las mías salta la lágrima automática. Veo a mi bisabuela mirándome como quién no acaba de entender lo que sucede. Y no precisamente por quiénes han pasado por mi cama (que poques no son, la verdad), sino por lo impostado que a veces resulta negar quién eres.

Hablo muchas veces de ella porque la Emilia era un personaje muy peculiar. Como lo es ahora mi abuela, que se va quitando el franquismo alquitranado a poquitos, mientras planta pimientos y judías y le pone cara de asco a los fachas.

Emilia era anarca, o eso dicen. Pero anarca nivel Santa Teresa de Jesús. Vamos, que no montó un convento porque no le convenía, pero poder hubiera podido tranquilamente. Era partera y médica sin título. Salvó el culo en el franquismo porque en aquella época siempre venía bien tener a alguien que se encargarse de los partos y otras pequeñas gestiones. Conocía las plantas y sus funciones. Vamos, que llega a nacer cuatro siglos antes y la queman por disidente. Aunque como era humilde, dudo que los catalanes le hubiesen dedicado calle alguna, la verdad.

Cuenta mi abuela que en una ocasión, llegó una vecina a visitarla y se la encontró recién parida. Con la criatura en sus manos. Ella sola se había gestado el parto. Sin dramas. Sin más. Para desgracia de la Bandini, ella no paró ninguna guerra. Ni ganas que tenía. Ella pasaba. Pasaba tanto que negaba la llegada a la Luna. Una ficción de tantas que me han contado, pensaría.

Volver a Emilia es volver a casa. A la Riveira Sacra. Es entender que, si ella pudo con todo, yo también. Que a veces los caminos a recorrer no son los normativos, sino los sentidos.

No sé si Emilia era feminista, pero acuerpaba como la que más. Emilia representaba un feminismo austero, enxebre. Puro. Del que incorpora a hombres emocionales y mujeres aguerridas. Del que sangra pero no exige un coño para ser mujer. Del de Pamela Palenciano, Silvia Agüero, Alicia Murillo. Del que arroja amor incómodo. De ese.

Hablar de todo esto y hacerlo desde la impostura del castellano me resulta absurdo. Y duele. Y sangra. Pero siento que, por ahora es la única manera que tengo de hacerlo. Quizá llegue un día en el que poder abrazar mis orígenes desde la urbe. Y entonces retomar lo propio con orgullo. Mientras tanto, entiendo que lo honesto es la única vía que me queda para poder seguir caminando.

Asumir lo imposible que resulta aún hoy en día abrazar parte de mi identidad. El desafío que se abre cuando miras la herida y ves que aún escuece. Que aún no te atreves a hablar en gallego en la capital. Que guardas tus amantes e historias bajo la excusa de lo íntimo, cuando es la vergüenza de los márgenes que apremia.

Abrazar lo perdido. Lo prohibido. Ese es el objetivo. Y por eso, y mucho más, vuelvo a Emilia. Vuelvo al punto cero. Una y otra vez. Quizá para perdonarme, para reconciliarme. Para respirar y ser plena. Asumir una historia que aún se torna ajena, distante. Y que deviene plural y enunciativa a través de la memoria.

Quizá por eso Tanxugueiras me rompe. Porque permite el abrazo. Libera el grito y ya no hay más. La recámara se queda vacía y la memoria cristaliza a través del perdón. Poder volver a ser. Sin miedo. Asumiendo el fallo y mirando para arriba, orgullosas de lo vivido.

Porque Tanxugueiras es la demostración última de que sí que es posible. Reconocerte en tu pluralidad y en tu deseo y volver a la aldea de la mano de quiénes osen acompañarte en esa aventura que es amar. Sin miedo. O, al menos, asumiéndolo.

Huí de Cangas con 18 años porque necesitaba ser yo misma. Ser algo más que la rarita, la chapona, la repu, la indeseable. Huí sin más, dejándolo todo y borrando toda esencia. Inventándome unos amigos y una vida que nunca había tenido. Simplemente para sobrevivir.

Hoy veo esa huida con la comprensión y el respeto necesarios. Hoy, gracias al tiempo y a la terapia, vuelvo a los festivales cuir de Baixa Limia. Vuelvo a salir como la mamarracha que soy. Guardándome de que el único deje capitalino sea aquel que dejó en su día Maruja Mallo. Apostando por lo propio. Cueste lo que cueste.

Hoy escucho Terra y tiemblo. Y comprendo finalmente que una puede ser lo más cañí sin renunciar a ser da aldea. Con un punto andalusí, como acusan algunos, desconociendo que las raíces mismas del aturuxo emanan del sur. Porque, como dicen ellas, non hai fronteiras.

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