Toni Erdmann, el abrazo que duele.

Toni Erdmann se ha posicionado como una de las películas favoritas del año. Lejos del impacto mediático de La La Land, la repercusión de esta película en festivales no deja de sorprender, sobre todo al conocer que se trata apenas del tercer largometraje de Maren Ade. Una corta pero intensa carrera como realizadora, ya que sus tres largometrajes han sido alabados por la crítica. Su primer largo, Der Wald Por Lauter Baümen (2003), ganó el Premio Especial del Jurando en el Festival de Sundance de 2005. Entre Nosotros (2009), fue nominada a 3 Premios del Cine Alemán (Deutscher Filmpreis). En cuanto a su último filme, destacar la nominación a los Oscar del 2017, así como el Gran Premio Fipresici (otorgado por la International Federation of Film Critics) o los cinco galardones conseguidos en los Premios del Cine Europeo (European Film Awards). Junto con su trabajo como realizadora, Maren Ade lanzaba en el año 2000 su productora Komplizen Film.

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A pesar del éxito cosechado entre la crítica cinematográfica, Toni Erdmann parece no haber complacido al jurado de Cannes, pasando prácticamente desapercibida en su 69 edición, a excepción de esa peculiar presentación del filme en la alfombra roja. Una edición que, como en años anteriores, volvía a mostrarse en masculino singular, con 17 candidaturas masculinas y sólo 3 femeninas entre los largometrajes que optaban a la Palma de Oro dentro de la Sección Oficial del Festival de Cannes. Una realidad a la que este tipo de eventos nos tienen ya acostumbradas, volviendo meras anécdotas el triunfo de aquellas que logran alzarse en femenino plural, rompiendo con las estructuras sobre las que se ha construido nuestro sistema simbólico de representación, nuestra cultura.

Estructuras a las que hace referencia continua el último trabajo cinematográfico de Maren Ade, a pesar de su pulcritud formal y sobriedad estética. A partir del personaje central, Ines Conradi,  Ade nos descubre todo un enjambre de relaciones y vínculos donde lo personal y lo político se entremezclan en más de una ocasión. Ines Conradi, interpretada por Sandra Hüller, es la perfecta metáfora de la mujer moderna y emprendedora. Joven y dinámica, es consultora para una empresa alemana establecida en Bucarest. Tal y como afirma Maren Ade, Ines ha crecido creyéndose con los mismos derechos que sus compañeros varones. Gracias a su infatigable capacidad de trabajar, ha conseguido llegar a codearse con los peces gordos. Es igual que ellos, subida en tacones, eso sí. Y soportando coletazos del sexismo más rancio de sus colegas y superiores. Aceptando sine qua non que, si quiere ser una más, deberá comportarse como ellos, llegando a cosificar a su secretaria Anca delante de sus compañeros. Aún aceptando esta condición, Ines tendrá que recurrir a su faceta femenina para ganarse el afecto de su jefe, accediendo a realizar tareas ajenas a su puesto como llevar a su mujer de compras o gestionar ciertos eventos, ejerciendo así un doble rol que le deja apenas sin energías.

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Winfried infiltrado en el mundo laboral de Ines.

Siendo Inés el personaje femenino por excelencia, conviene no olvidarse de su contrapunto y perfecto par: su padre, Winfried Conradi. Excéntrico y ciertamente peculiar, el padre de Ines ha llegado a Bucarest con el único objetivo de recuperar la relación perdida con su hija. Winfried es un hombre de otro tiempo, criado a espaldas de la Guerra Fría y la dura postguerra alemana. Posiblemente, el joven rebelde que un día fue se quede atónito al contemplar cómo su hija se ha pasado al bando contrario. Frente a los valores de comunidad y solidaridad defendidos en los años setenta y ochenta, la posmodernidad  (o lo que quede de ella) nos ha dejado una agrio sabor, enfrentándonos y rivalizando nuestras luchas internas. Frente al colectivo, el individuo se ha erigido victorioso. Del gran abanico de valores defendido en los años sesenta y setenta, quizá el único que ha persistido (siendo ligeramente modificado) es el de un mundo sin fronteras. En lo económico y político, claro está. En lo social y cultural, el neoliberalismo se las ha apañado muy bien en esa reconstrucción de dos dualismos fatales. Del “nosotros” y el “ellos”. Un juego donde el terror, el desconocimiento y la más banal arrogancia nos llevan a repetir esquemas de dominación y sumisión en la nueva tierra conquistada.

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Ines dejándole claro a su padre el nuevo estado de las cosas: los trabajadores rumanos serán despedidos para abaratar costes.

En este punto, cabría ver Toni Erdmann más allá de la relación padre e hija, de ese sempiterno debate entre dos personajes tan claramente yuxtapuestos como son Ines y Winfried. Dos personajes que nos hablan de dos formas de ver el mundo,  dos generaciones diferenciadas en tiempo y forma. Winfried busca con su peculiar sentido del humor avivar una cierta conciencia en su hija, obcecada por el trabajo y absorbida por el neoliberalismo más pragmático. Frente a la constante crítica de su padre, Ines se muestra sarcástica, directa, dura. Dentro del pack de trabajar para una multinacional de ese calibre va, quizá, ensombrecer sentimientos y relaciones. Algo que se resquebraja desde el momento en el que su padre va a visitarla al trabajo, dejándola en evidencia delante de sus superiores. Desde su vestimenta hasta sus gestos y expresiones, Winfried resulta un personaje esperpéntico. Algo que su alter ego, Toni Erdmann, no hace sino confirmar.

A medida que pasan los días junto a su padre, el rostro de Ines se tensa. No sólo por miedo a quedar en evidencia y perder otra oportunidad de ascender en la empresa, sino por miedo a ser descubierta por su propio padre. Tal y como es, con sus miedos y temores. Esto es precisamente lo que busca Winfried al disfrazarse de Toni y, posteriormente, en esa peculiar máscara búlgara. Recuperar a su pequeña, restaurar el vínculo. Algo que quizá sería más fácil si Winfried entendiese el conflicto interno por el que está pasando su hija. Esa niña a la que de pequeña le hicieron creer que, si soñaba y trabajaba, todo era posible. Que no tendría barreras para llegar a lo más alto. Así que se esforzó al máximo por conseguir lo que quería, a pesar del alto coste humano. Es muy posible que, detrás de esa fachada de absoluto control, Ines sea plenamente consciente de su infelicidad. Una desdicha que comparte con el resto de la humanidad, de esa (in)satisfecha sociedad occidental a la que también le han hecho creer que todo era posible.

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Ines, al desnudo ante Toni Erdmann.

Por eso, llora. En silencio, como esos primeros y asfixiantes planos del lavabo de la oficina nos hacen ver, con esa uña rota y esa camisa manchada de pus y sangre. Las sonrisas forzadas en planos medios, mientras se reafirma ante su jefe como una mujer no feminista. Porque…. ¿qué demonios iba a estar haciendo sino, trabajando para un tipo tan despreciable como él? Una declaración que traduce en palabras ese interés de Ines por encajar, por ser una más de la empresa. Por pasar de ser la excepción a ser la norma. Algo en lo que la propia realizadora parece haber fracasado, al ser la “primera de tantas”, esa “mujer excepcional”. Quizá por ello esa reticencia suya a hablar de feminismo y del aún más peligroso “discurso de la igualdad de género”. No tanto por lo ideológico del asunto, sino por la trampa que supone. Porque Maren Ade sabe muy bien que, desde el momento en el que catalogue su cine de “feminista”  ya no estará en la misma categoría que otros colegas suyos. Nos guste o no, la industria cinematográfica nos sigue reduciendo a meras etiquetas, silenciando el discurso y limitando nuestra labor a un mero género menor.

Quizá Maren Ade no sea tan distinta de Ines Conradi. Puede que ni nosotras mismas lo seamos. Quizá, detrás de nuestros empoderadores discursos y de nuestro activismo en redes y en calles, no nos diferenciemos tanto de esa mujer empresaria que niega toda desigualdad. Porque para ella, las estructuras no existen, son los padres. Puede que sea el momento de quitarnos la máscara o de, aún con ella puesta, reconocer que no somos perfectas. Que más de una vez hemos levantado la voz, hecho un determinado comentario o aplaudido gestas masculinas. Tan sólo por ser como ellos, por hacernos escuchar y ser visibles en su mundo. Exigiendo, o tal vez mendigando, un mínimo de reconocimiento.

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Entrevistas y fuentes consultadas: 

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