No pasarán.

Amargas palabras asoman por mi cuerpo este lunes frío de diciembre. Me hubiese gustado seguir, como si nada hubiese pasado. Hablar de neurodivergencia, criticar un poco allí y allá y finiquitar de una vez por todas los inacabados capítulos de mi Tesis Doctoral. Puede que sea la sangre que apremia en mi útero, puede que mi intensidad, que dicen algunos.

12 escaños de fascismo que llegan al sur. Veo en las caras de mis amigos y colegas una suerte de dulce indiferencia. Qué más da. Tómate la tostada y no te manches con tu discurso. Ay, qué pesadas, siempre con la política. Si total, ¿para qué agobiarse si no eres ni negra ni inmigrante? relájate chica, que no es para tanto.

Eso sí, vota. Tú hazte la selfie democrática y súbela a Instagram, luego no te quejes si vienen otros y te reducen a un vientre de alquiler. Cumple, querida Ciudadana. Sé obediente y no te alteres. Paso a paso, que no hay que revolucionarse así, que te vas a poner perdida de ideología.

Como en un mal sueño, despierto en este gélido París y busco miradas cómplices en las que resarcirme y aliviar mi desazón. Y me encuentro con una élite que, en un alto porcentaje, parece no importarle demasiado lo que acaba de ocurrir en nuestro país. Ay chica, ¿no ves que eso es cosa del sur, que no saben ni votar? Eso en el norte no pasa, aquí sí que hay democracia y saber estar. Qué esperar de un pueblo con pasado anarquista, si ya se sabe que los sueños de Emma Goldman no caben en el nacional capitalismo que nos espera.

No pasa nada. Todo está bien. De repente, mi cabeza vuela a esa húmeda mañana de mi pubertad, cuando desperté con el olor a chapapote que entraba por mi ventana. Cuatro hilillos, decían algunos. Cuatro hilillos que destrozaron la flora y fauna de mi tierra. Esa tierra fría y tan reaccionaria a veces, pero a la vez tan brava. Recuerdo cada paraguas negro de aquellas concentraciones del Nunca Máis. Bajo la lluvia compostelana, muchas fuimos bautizadas en la lucha social aquellos días. A cada grito, nuestra alma despertaba,  mutando a violeta.

Al igual que ahora, sentía que era la única a la que le hervía la sangre. Mientras todo se turbaba, mis compañeros seguían inmutados la lógica del mercado. De botellón en botellón, todo estaba bien. Frente a la indiferencia de tantos, muchas luchábamos como podíamos. De las asociaciones juveniles nos sumamos en masa a los trenes de la libertad y los 15 M. Y, poco a poco, lo estallamos todo. Inundábamos en marea la Gran Vía, molestando. Existiendo.

Hoy, más que nunca, el grito ha de volver. Han de escucharnos. Han de temernos. Han de saber que estamos ahí. Que, frente a nuestros cuerpos temerosos, nuestras cabezas se vuelven más reflexivas que nunca. A sangre fría, retomaremos las calles e inundaremos de cuidados los espacios públicos.

Hay algo que todas las feministas, vengamos de donde vengamos, tenemos que aprender de estas elecciones andaluzas. Que hay tres maneras de ser mujer y de luchar, pero sólo una es válida y eficaz. Inés Arrimadas, la super mujer que se cree con la capacidad de emular a la Tatcher sin mancharse las manos de fascismo, llevando a Abascal a su terreno, como buena femme fatale de la posmodernidad. Susana Díaz, madre amantísima pero aún más Mujer y madre de dragones socialistas, agarrándose a su escaño como a su más preciado tesoro. Y Teresa Rodríguez. Imperfecta, humana. Luchadora, activista, cuidadora y educadora.

Sin caer en la tan peligrosa mistificación, Rodríguez me da paz. Su discurso calmado me habla de las madres de la revolución. De las que pedían el pan, pero también las rosas. De cómo el fascismo se aprovecha de ese miedo al diferente, de cómo nos enfrenta y nos sume en la barbarie. Frente a su odio, nuestra “mirada larga” atisbará en el horizonte un nuevo mañana. Quizá este mañana no llegue nunca, pero intentemos, al menos, que la realidad que tengamos sea lo más parecida posible.

Sé el miedo que tenéis. Entiendo vuestros cuerpos paralizados, vuestro temor. Pero no nos podemos quedar paradas, compañeras. En nuestro silencio, ellos se suben. Y, en nuestros gritos, ellos menguan. El ego misógino se crecería en el silencio del feminismo al igual que los maltratadores lo hacen con sus víctimas. No cedamos a su fuerza ni a sus palabras atemorizantes. Temamos, sí, pero con orgullo. Que nos sientan, aun temblando. Que nos vean avanzando y disfrutando de nuestros logros.

No digo que sea fácil. Pero no queda otra. Esconderse ahora mismo sería darle la victoria ganada al patriarcado. Juguemos con más ahínco que cabe, robando terreno y resistiendo. Unámonos y dejemos a un lado debates que, si bien necesarios, no son primordiales. Porque con una o varias puede que se crezcan, pero cuando nos ve a todas rugir en los ochos de marzo, el macho alfa se hace diminuto. Quizá, si aullamos todas a la vez, logramos reducirlo al máximo. Hasta que no quede más que un dulce esperpento de todo esto.

Salud, compañeras.

 

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