La revolución ya no es lo que era.

En tiempos de cibernética cordura, los caballos del extremo centro derechista llegan al sur y todos parecen estremecerse de miedo. Oh, qué horror, el fascismo.¡Hagamos algo!

Y es que, a pesar de lo violetizado del discurso, los señores de izquierda vienen a decir lo mismo de siempre: revolución sí, pero no te revoluciones tanto, histérica. Que se te va la vida en ello. Que hay que ser reflexivos, cautos, poco a poco. Sin tanta emoción. Y sacan sus revólveres dialécticos a relucir para mostrar su hombría. Están los escépticos, los que te miran por encima del hombro y te dicen: ay, mujer, relájate que no es para tanto. ¿No ves que Santiago Abascal y compañía ya salieron del Partido Popular? Tú no te preocupes y vota, caray, que eso es lo importante. Y deja que las cosas se arreglen en nuestro sagrado Congreso.

Luego están otros, los conspiranoicos. Los que apuntan a un interés del mercado asiático en el triunfo del fascismo de Vox, se meten por la escuadra y meten a Trump, Le Pen y toda la tropa como si de una orgía fascista se tratase. Qué viene el lobo, ¡agazapaos! o mejor aún ¡saquemos el revanchismo del 36 y hablemos de “no pasarán” y de viejas glorias, cuánta más sangre mejor!

Y luego están los pragmáticos divulgadores. Los pausados que se sumergen en artículos de sesudos politólogos, buscando entender entre perífrasis verbales las estructuras socioeconómicas y políticas que han permitido que un partido que nos quiere a las mujeres con la pata quebrada y a les trans aún más patologizades si cabe llegue al poder o, al menos, lo rodee democráticamente.

Este tercer “colectivo” lo forman también periodistas de aflautada voz que se cuelan en mítines fascistas y se hacen los molones porque “oh, nos hemos infiltrado y tenemos a Abascal in fraganti!” A ver, que alguien le diga a Jordi, alma de cántaro, que lo de que la gente vote a Vox en masa sin ser conscientes de su ideología ya lo sabíamos. Que sí, Jordi, que tu equipo de producción es fascinante, te lo digo. Con esos efectos y esos planos, esas músicas y lo que quieras. Pero no eres más que un Colón que se ha creído descubridor de algo que ya existía. Que no nos la cuelas. Que hasta nos aburres, fíjate tú.

Un tercer colectivo de buenos hombres con buenos políticos. Con un Errejón bonachón que habla de diálogo y de tomar cañas con Abascal, que fijo que con una pachanga se relaja un rato. Realmente, o al menos para una servidora, Errejón es como la versión desnatada y sin calorías de Pablo Iglesias. Apela al diálogo y es tranquilo, reflexivo. Él sí está a favor de conciliar y de escuchar. Pero detrás de su pausado discurso, afloran los mismos sentimientos: somos rojos. Muy rojos. Y muy hombres. Hombres de anuncio porque no somos violentos y no hacemos daño. O, directamente, no hacemos nada.

Como Garzón, ese bonachón comuprogre que lo dice todo. Que se casa de postín e invita a Marx al banquete. Ahí lo tenéis, tomándose sus cervecitas en las reuniones del PC mientras su churri pone las copas. Que una cosa es ser feministas y otra perder las formas, ojocuidao. Garzón y su dialéctica perfecta, intachable. Cuqui. Del montón. Sin más. Te dice lo mismo que Engels pero se olvida de las consecuencias reales del materialismo histórico, de cómo el matrimonio dibuja a la mujer desde lo pasivo.

Y con estos señores defendiendo los intereses de la “clase obrera”, el pueblo parece tranquilo. Relajao. Todo va bien. Hombres heterosexuales, no transexuales, blancos y adorables que se van a preocupar de que a las mujeres nos dejen hacer lo que nos salga de abajo, que la gente se pueda querer sin importar lo que tenga entre las piernas y que los CIES dejen de ser ya una real pesadilla para tantos y tantas.

Me pregunto hasta qué punto estos hombres violetas van a luchar de verdad por cosas que ni les atañen directamente. Que nunca han tenido miedo de llegar a casa de noche, que no han sufrido acoso ni se las han visto cuestionados por su género, raza o identidad para tener un trabajo. Pues a mí, relajada no me dejan.

Que queréis que os diga. Como ya comenté anteriormente, me temo que pasará lo de siempre: perdidos de mierda hasta las pestañas, no nos quedará otra que apechugar con todo su desastre.

Lejos de buscar culpables, víctimas o vencedores, siento que el problema de esta masculinidad revolucionaria es que es meramente externa, de postín. Porque, por mucho que se lean las obras de nuestras teóricas, nunca van a experimentar en carne viva lo que es no tener el privilegio masculino, payo, blanco, heterosexual. Y desde sus asientos de la Academia, juegan a dibujar un mundo mejor a expensas de toda acción directa.

Queridos míos, la revolución va por dentro. No se dice, no se cuenta. Se hace. Deconstruirse es muy bonito, pero suena como muy a Nouvelle Cuisine, a Ferrán Adriá. Si queréis uniros a nuestra lucha, tenéis que dar un paso atrás. Dejadnos a nosotras liderar algo que sí nos compete, carajo. Y para los que queráis sentiros mejor, más violetas, un consejo: sentid un poquito, coño. Pero sentid sin tanta fuerza masculina, sin tanto exabrupto. Llorad de una vez. Como cuando erais niños y las corazas patriarcales aún no os protegían de los sentimientos y las emociones, de esas cosas de mujeres que tanto reconocéis en vuestro discurso pero que tanto os cuesta llevar a la práctica.

Y es que sólo el día en el que los hombres prioricen los afectos por encima de sus empresas podremos hablar de una auténtica revolución de los cuidados. Cuando todas y todos seamos histéricos y desquiciadas. Cuando sintamos sin miedo a equivocarnos. A errar. Cuando rompamos corazas y vivamos sin dictámenes del sistema.

Ojalá los cuentos acaben un día con un dulce “se atrevieron, y fueron felices”. Hasta que ese día llegue, salud, compañeros.

 

 

 

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