Y ella se fue a la guerra.

Gritos asalvajados que irrumpen en las calles españolas. Desde Madrid a Barcelona, cruzando ríos y colinas, arrollando rías y caminos. Revolucionando el rural y rompiéndolo todo. ¿Todo?.

Hay algo en mí que se retuerce y se bloquea, que no va. Que no puede. Puede que sea esta endiablada mudanza, la cuarta en la que va de año. Puede que sean los malditos turcos cahieristas y los plazos de la Tesis, que apremian. Quizá mi hastío no es más que una respuesta a todo esto.

Pero siento que es algo más. Algo a lo que yo no puedo responder.

Sí, la manifestación del 8 de marzo ha estado bien. Muy bien, quiero decir. Ha sido un éxito de congregación, ha superado las expectativas, Ha… Los titulares se aglutinan en mi garganta, como una amalgama vacua. Violetas purperizados en pancartas que irrumpían en cada plaza. ¿Y qué? Miles de personas gritando al unísono. ¿Para qué? Ilusas que creen que su voz se alzará algún día en ¿contra? de ellos. Jóvenes que sueñan aún, a expensas del Inem que les espera tras los reglamentarios años universitarios. Sueños de quién cree que el amor es libre. JÁ.

Y me dices que me revolucione mientras te enamoras.

Y me lo voy a creer.

Estas son palabras agrias. Palabras que brotan de un silencio vociferado desde lo más abrupto de mi alma. Desde un cuerpo tocado que quiere ser más allá de tu proyección onanística. Desde esa joven que veía alejarse a sus amigas a paso de noviazgo.

¿Sabes? Este ocho de marzo te he echado de menos. Mucho. Tu risa, tu sarcasmo, tu mirada directa e incuestionable. Sí. Aunque no te lo diga. Aunque no me atreva a romper ese muro que se interpuso entre nosotras desde hace más de un año. Te colgué el teléfono ante tu torrencial de oxitocinas, aunque temerosa de perderte otra vez ante otro más. Ya sabes cómo soy cuando me pongo feminista, que se me agolpan las revoluciones en cada palpitar.

Quizá no supe o no supimos hacerlo bien. Yo buscaba una guarida, un abrigo cálido después del gélido invierno. Y me resguardé en tus cómplices palabras con la misma toxicidad con la que un heroinómano busca el quinto pico.

Te necesitaba. A ti o a cualquier otra persona que me prometiese cobijo. Te exigí un cariño autoimpuesto y programado. Te proyecté y cubrí tus palabras con melodía para mis oídos.

Me pregunto si algún día nos escuchamos de verdad. Si estuvimos realmente. Si la amistad fue algo más que un sueño proyectado por mi necesidad de sentirme querida.

Y no es que lo tuyo fuese el violeta, reconozcámoslo. Nunca llevaste bien esta manía mía por cuestionarlo todo. O eso creo. Al fin y al cabo, quizá lo que sé de ti no es más que lo que yo he querido saber.

Siempre fuiste luchadora, de eso no hay duda. Aún me acuerdo de cuando llegaste a casa, cabreada ante la impertérrita mirada del machuno de turno cuando propusiste colaborar en aquel proyecto. Quizá lo tuyo no fuese el feminismo, pero ay si se olía tu rabia aquel día. Me acuerdo de cómo relatabas cómo su mirada había pasado del más libidinoso deseo al absoluto desprecio. Para ellos somos cuerpo, te dije. Tu risa me devolvió al a realidad, y entendí que no era día aquel para tomar la Bastilla.

No fue ese el día ni lo es hoy. Cuando otras me cuentan nuevas aventuras y mi corazón vuelve a encogerse. Otra vez no, por favor. No. No quiero volver a tu cara huidiza cuando nos vemos. A sentirte vacía en cada reunión. Como si todo estuviese aún conectado con aquel bar de la plaza del pueblo. Allí donde ella torció el rostro y tomó su mano, huyendo de mi mirada. Para siempre.

Una y otra vez, siento que la escena se repite. Ellos mutan de epidermis pero el patriarcado que les habita permanece impertérrito. Y os escapáis.

A veces hay fortuna y vuelvo a vsotras. Me confesáis que necesitáis tiempo, que es aún demasiado pronto. Nos abrazamos y por un segundo siento que todo va a ir bien. Que no hay de qué preocuparse. Pero entonces, la duda me asalta a golpe de porcentajes. De mujeres asesinadas. De denuncias acalladas. De nidos invadidos. Tu nombre victimizado y lapidado a golpe de informativo.

Y entonces sucede. Vives tú esa historia tantas veces narrada por otras voces. Escéptica al principio, te dejas llevar. Y va bien. Sorprendentemente bien. Sin máscaras y sin artificios. Él te quiere libre, dice. Y es que no es tu cuerpo el que le excita, sino tu feminismo asalvajado. Y te lo dice ahí, delante de todos. Y por un segundo te subes a las nubes y te sientes bien.

Pero entonces, acaba. Antes de lo pronosticado. Y te quedas impertérrita, buscando una explicación. Exigiéndole al otro un porqué. No me dejes. Estamos bien. Quédate a mi lado . PERMANECE.

Permanecer implicaría en este caso demasiado esfuerzo y es necesario que volemos, me dices. Dejemos que pase, ya verás. Sin más.

¿No es divertido? Tú, la violetizada revolucionaria, exigiéndole al otro que mute por ti. El patriarcado merodeando por cada una de mis arterias y yo creyéndome libre.

Hoy te veo desde el recuerdo, aceptando el adiós que me regalaste. Esa mirada esquiva que no podía o no quería seguir el juego. Y hoy entiendo por fin que tuvo que ser. Que permaneceremos con otros y otras cuando el camino lo permita, pero sin imponer un destino.

Sólo así volaremos libres, como te dije una vez.

Es curioso que ambos vengáis de la misma tierra. La del azahar y el número cero. Esa tierra agitada y abrupta tan diferente a la mía. Más allá de códigos genéticos y cávalas de genealogías pasadas, no dejo de pensar que ambos guardáis un cierto parecido. Vais poco a poco, cuidando al límite cada paso y puntualizando cada “i” de vuestro cauteloso discurso. Os imagino leyéndome y revisando cada frase en nombre de la sagrada RAE. Mirándome entre cariño y saturación, buscando comprender cómo puede caber tanto caos en mí.

Pues ni yo misma lo sé. Recuerdo ya saturar los cuadernos a golpe de bolígrafo en mis días escolares. La del cuaderno de Braille, me decían.

Nunca fui recta ni fácil. Enredada en mis pensamientos como cada uno de mis rizos, todavía sin disciplinar a día de hoy. Buscando alternativas para cada una de mis metas por encima de mis posibilidades.

Y aquí estoy. Y ahí estuvisteis. Amor y amistad, dos vínculos diferentes pero necesarios que se disipan en este anochecer madrileño y de este letargo doctoral que no finita.

Intentando entender lo que fue para seguir siendo. Para no juzgar y dejar caer. Parece fácil, ¿no?

Quizá mañana hablemos y retomemos lo aprendido. Quizá el agobio me pueda y postergue la llamada. Puede que el azar quiera que me leas y nos lleve directo a unas cañas.

¿Sabes? Realmente no es necesario. Ya sucedió una vez y nos pudo el silencio. La máscara que hilamos entre ambas nos impedía vernos. O puede que esa máscara haya sido la que ha sustentado ese vínculo ahora desvencijado. Quién sabe.


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