Cuerpo, simiente y sangre.

por Blanca Gómez.

Blanca Gómez nos habla desde la realidad y el dolor de un vientre roto.

A finales de enero conocí a un chico y tímidamente empezamos a salir. Dos semanas después, quedé embarazada porque el azar quiso que se rompiera un preservativo. Yo, que en diez días cumplo 40 años, no me lo podía creer, estaba tan nerviosa que tuve que pedir una baja laboral. Mi madre, lo supo la misma noche que me hice el test y me prometió todo el apoyo del mundo. El test me lo hice con mi prima al teléfono, entonces embarazada de siete meses, y con mi mejor amiga a través de una videollamada.

Era la noche del 9 de marzo, nunca lo olvidaré. La ansiedad tenía el control de mis días. Mi vida iba a cambiar por completo en unos pocos meses. Y yo, que siempre fui reacia a la maternidad tuve claro desde el primer instante que quería tenerlo. Así que, le dije al padre de la criatura que había decidido tenerlo y ese señor me dejó. Pero no me dejó del todo, me echaba y me echaba en cara mi decisión. Ese señor que tiene tres hijas , dos de una mujer ,y otra hija de otra mujer y que ésta última no lleva sus apellidos porque tampoco asumió la paternidad hasta pasados casi dos años del nacimiento de la niña, me echó en cara que eso ya le había pasado con su ultima hija, que no se había contando con él para decidir si nacía o no. Yo le preguntaba que si él quería una cosa y yo quería otra , y ambos con firmeza, dónde y cómo se podía llegar a un acuerdo. Me dijo que él no querrá vivir con “ un perro y un bebé” con la voz mas despectiva que jamas escuché, y le dije que yo no le pedía eso, que solo le pedía que me dijera qué tenia pensando hacer, y me decía que “ no lo sabía”. Todavía no sé a que se refería con eso de “tomar juntos la decisión” si cada uno teníamos muy claro que queríamos. Le dije que lo mejor que podía haber hecho es tomar el medidas y si tan claro tenia que no quería ser padre existía una cosa llamada “vasectomía” pero que no podía hacer responsable a la mujer embarazada de su decisión de querer seguir para delante. Me llamó “femirula”, término inventado por él en un intento de feminizar “machirulo”.

Seguí sola mi andadura, no sin presiones, no sin amenazas de suicidio incluido, ya no solo de él, sino por parte de algunas personas de su entorno. Una tarde, al salir de clase, de mi trabajo, recibí un audio vía Whatsapp , absolutamente demoledor de una amiga suya, diciéndome que si seguía con mi embarazo, “ lo mataría a él y a sus hijas”, que debía abortar, que ese niño o niña no sería querido. Las cosas se empezaron a poner muy difíciles, tanto que tuve que volver a coger la baja laboral . A las ocho semanas de embarazo acudí sola, a una ginecóloga privada y escuché sus latidos. Me dijeron que todo marchaba mejor que bien. Ese fue el momento mas bonito y triste de mi vida, ya no por vivirlo sola, sino por el sentimiento de saber que ese padre no quería que naciera mi hijo o mi hija.

Pero yo, entonces, me armé de fuerzas, me empecé a organizar con mi tribu y con mi familia, me organicé mis próximos años con el apoyo de los míos, no sin la interferencia constante que me decía “lo mala que era”, “lo mal que lo estaba haciendo”. Todo reproches y ni un solo “cómo estás”. Pero yo tengo la suerte de ser una mujer independiente económicamente y sabia que no lo necesitaba, lo que no quita el dolor que me producía su rechazo. No quería nada de él, solo necesitaba que me dijera si iba a estar o no iba a estar, porque conocía sus precedentes y me daba miedo que apareciera dos años después y me desmontara mi vida. Hablé con una abogada, para saber a qué podía enfrentarme.

En cuanto pude, me alejé de todo eso, me fui a mi tierra, y pasé unos días con mis amigas de verdad, y allí vi que ese niño o esa niña sería muy muy querido a pesar del rechazo de quien lo había concebido, que a mí me partía el alma. Sé que no es racional, que si una persona no quiere ser padre es normal que no se involucre, pero joder, a mi ese embrión me dolía ya como su fuera un hijo y sentía que se me estaba haciendo la vida imposible para que el embarazo no llegara a término. Eso de que por un hijo te duele todo, lo entendí sin ni siquiera haber nacido.

El sábado pasado, manché un poco, no le di importancia o no se la quise dar por miedo, y el martes, después de mi cita de las once semanas con la matrona, decidí acercarme a urgencias para quedarme tranquila. Pasé antes por el supermercado para hacer la compara semanal de “comida de preñada,” pensaba que volvería casa tras un pequeño susto, porque esto lo había imaginado tanto, que pensé que no podía hacerse realidad. Pero mi muñequito ( como un amigo lo definió) , mi amor no nacido, mi hijo querido y deseado, había muerto dos semanas antes, y el ginecólogo me comunicó con la cara descompuesta que no había latido. Se me cayó el mundo encima, entré en estado de shock, mi cuerpo quedó muerto, mis brazos no se sostenían para poder sacarme sangre, sentía que estaba en una pesadilla: durante las dos semanas donde yo le había dicho a mi familia cercana, mas allá de mis padres y hermanos, que estaba embarazada, esas semanas en que miraba cunas de colecho y mochilas de porteo con mi madre y amigas, donde devoré libros de maternidades feministas y crianza con apego, ese tiempo, en el que me descubrí mejor, mi futuro hijo había estado muerto flotando en un liquido amniótico totalmente viable dentro de mi útero.

Mis padres acudieron corriendo. Y el protocolo medico en estos casos: ayuno la mañana siguiente, ingreso y legrado por la tarde. Entras a quirófano con cuerpo de embarazada y sales de nuevo con las tetas y la barriga deshinchadas. La cintura reaparece y tu vida se va junto con ese feto que iba a ser tu hijo. No me pude duchar hasta anoche, no podía verme le cuerpo. Han pasado tres días desde el legrado, me han diagnosticado shock post aborto, y depresión ,no soy yo, no puedo salir de la cama, no tengo ganas de vivir. Solo me gustaría volver a hace tres meses, antes de quedarme embarazada, donde tenia tantas ilusiones en esta vida. Pero sé que eso es imposible y ahora no se quién soy.

Algo he aprendido de todo esto, y es que ahora, sé que quiero ser madre, porque estos meses conocí a una Blanca muy mejorada, a una Blanca que si bien tenía que saltar obstáculos todos los días, se hacia fuerte en cada uno de ellos, a una Banca no autodestructiva, a una Blanca que se cuidaba tanto que ella misma se quedaba perpleja ante tanta verdura, legumbres y cereales . Y a una Blanca llena de amor. Tuve lo que llaman un “aborto diferido”, o “aborto retenido” , que se da cuando el feto muere sin motivo aparente, pero el cuerpo no lo expulsa. Ha estado muerto dentro de mí dos semanas y es lo más doloroso que jamás he vivido. Justo las dos semanas que se supone que se hace mas seguro el embarazo, y donde las mujeres, empezamos a hacernos a la idea de que vamos a ser mamás.

Lo cuento por desahogo, pero lo cuento también por visiblizar una realidad de la que poco se habla, porque lo que nos pasa a las mujeres, aunque nos atraviese el alma y nos deje sin motivos para vivir, poco importa. Seguimos siendo cuerpos gestantes sin alma y porque sufrir un aborto no deseado es motivo de vergüenza y no se debe hablar de ello. No puedo para de pensar en que mi vida está escrita de sucesos donde me quedo a las puertas de todo. De sucesos inacabados. No puedo dejar de culpar a quienes me desearon un aborto, a quienes me llevaron al extremo. “El padre” me dijo el mismo día que me hicieron el legrado que este desenlace “le aligera la carga”. Nunca le pedí nada, solo que me dejara ser feliz. Y ahora no encuentro motivos para vivir. Hasta siempre vida mía.

2 respuestas a “Cuerpo, simiente y sangre.

  1. “Hasta siempre vida mía.”
    Quiero empezar por tu amor, lo único que importa.
    Nunca será una mujer, menos aún la que escribió este texto, un cuerpo sin alma.
    Vosotras podréis ser madres o no y aún así, nunca podréis evitar ser maravillosas.
    Con bebés o sin bebés, pero tomando la decisión de vuestra vida, encarnáis la fuerza y el valor que a muchos nos falta para estar al menos a vuestra altura.

    He conocido a una mujer cuya hija murió con unos 25 años. Y a otra cuyo bebé murió prematuramente en sus brazos. Ambas destrozadas. La primera me dijo: “Los hombres no podéis comprender lo que supone para una madre perder a una hija o un hijo. Claro que la quieres. Tú también sentirías mucho dolor, pero jamás como tu esposa.” Y no lo comprendo, pero lo respeto y casi lo entiendo porque veo EN EL DIA A DIA el diferente modo de sentir entre mi esposa y yo por nuestra queridísima hija, a la que adoro.

    Lamento, siento leer cómo sucumbes en dolor al encontrarte a las puertas de todo como una historia inacabada. Lo siento mucho a pesar de no conocerte porque imagino en tus palabras otras historias de tu vida que no cuentas. Qué fácil es escribir palabras que quieren sonar bonitas a pesar de no sentir muchas veces como debía ni siquiera con mi propia esposa. Qué vergüenza me doy. Qué asco. Pero tú … Tú eres diferente. Has luchado por tu ilusión mientras podías. Y a pesar de todo has sobrevivido.

    Eres una persona muy valiosa y te mereces una vida mejor. Mucho ánimo.
    Un abrazo.

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