Al final del túnel.

Hola, ¿se puede? te he visto triste y he pensado que necesitarías ayuda. Te veo sola, tan sola, como señalas a golpe de bolígrafo en tu diario. TAN SOLA. Escribes sin titubeos en tu cuaderno. Miles de hojas anotadas que me llevan a ti, entre fotos rotas de alguien que fue importante para ti. Tan importante que sentiste, muy en el fondo, que todo lo que te sucedía no era más que un ajuste de cuentas para remendar el pecado cometido.

Desde la tranquilidad de mi apartamento y desde los abrazos diversos que hoy nos protegen, vuelvo a ti por unos instantes. En la madrugada del 30 de junio, en este anochecer que atardece de un cambio estival que nos derrite. Mis dedos titubean ante la presión de entregas que apremian y el dolor de una memoria aún sin rescatar. Y me llamas, a voces bajas, para que lo deje todo por un segundo y me acerque.

Ahí estás, como todos los fines de semana. Un par de libros, los vinilos de Lou Reed y muchas páginas desdibujadas de poemas primerizos. “El soldado llegó al pueblo cuando todos habían muerto. Sólo sangre. Sólo muerte. Apenas un cadáver aguarda para saludarlo”. O algo así. Dejabas fluir la tinta, en un desesperado intento por liberarte de tus monstruos. En la vieja cadena, el perro de Ed Harcourt nos acompañaba en aquellos días oscuros. Te refugiabas en Winston y Julia, en las segmentaciones del relato de J.B. , el pequeño Huck y Asimov. Dosis ingentes de Asimov y Orwell para evadirnos de toda aquella normatividad insana. ¿Te acuerdas? Yo sí.

He intentado olvidarte. Hacer como si nada, como cuando te equivocas en medio de una conferencia con más de 100 personas pendientes de cada palabra que pronuncias. Gesto adusto y pasamos página. Pero la memoria es caprichosa y no me deja olvidarte. No quiero olvidarte, por otra parte.

No sé por donde empezar. Titubeo ante la falta de semántica. Necesito literatura fresca. ¿Sabes? Hace años que no paso tardes como solíamos hacer: inmersas en novelas y ensayos sin mirar la horas del reloj. Hace tiempo que no te pienso. Demasiado.

Decirte que todo pasará no hará que los puñales duelan menos, de eso soy consciente. Sé de cada una de tus heridas. Llegabas a casa dolida, cansada, angustiada y agobiada. Te precipitabas en el vestidor y huías sin vuelta hacia tu cuarto, dejando a tu madre con un titubeante “qué tal hoy en el instituto?” en el aire. Pegabas portazo y lanzabas la cartera. Ponías la música a tope y comenzabas a llorar. Fuerte. Sin prisa. Lo necesitabas. Vaya que si lo necesitabas. Cogías un lápiz, ¿te acuerdas? y comenzabas a escribir. A veces eran poemas, otras, relatos o ensayo. Incluso poemas que se hacían ensayo. Divergencias sin miedo a ser, agotadas de vivir calcinadas por la mirada ajena.

Ella. Sí, ella. Sé que duele, pero tú misma me pides que lo suelte. Tenías 10 años, dormíais juntas, como muchos fines de semana. Ella, en la cama de arriba, tú en la de abajo. En aquellos días ya se atisbaba su miedo a lo diverso y su afán por encajar, que te acabarían alejando definitivamente de ella. Era una de esas mañanas donde el estío se atisbaba en la primavera de mayo. El café de tus padres se colaba por la puerta de la habitación y los primeros rayos de sol entraban con cautela. Abres los ojos y ahí está ella. Tu confidente desde hace más de seis ¿casi siete? años. Lleva una camiseta corta en la que se asoma una feminidad a la que tú no llegarás en años, a pesar de esa regla que ya apremia. Su piel se ve diferente y algo se despierta. Es bonita. Su pelo, su gesto. Algo nuevo, no sabes muy bien qué. ¿ Y si pudieseis vivir juntas en una finca con caballos, como en aquel sueño de infancia?

El recuerdo se fue borrando sistemáticamente. Eso no se dice, eso no se toca, eso no se siente. Perdida, desorientada, pero con un atisbo de una seguridad apremiante, vas a tu madre y se lo dices: “me gustan las chicas y los chicos, creo”. Ella, complaciente, maternal, te devuelve una sonrisa mientras te asegura que eso no puede ser, que una cosa o la otra. Que sí, que hay chicas lesbianas. Decidirse siempre en binario, la losa eterna que rompiste en las calles bilbaínas hace apenas siete años. Cómo pasa el tiempo. Volviste a mirar a tu madre y esa vez el titubeo se mantuvo firme en aquel “mamá, no tengo dudas, soy bisexual, he estado con mujeres y con hombres”. Ella te mira, y tan solo responde “bueno, que te hayas liado con mujeres no significa nada. Es un juego, estás experimentando”. Rompes a gritos y ella los retoma.

Salís hacia la calle y ahí estás, en medio de Bilbao, clamando tu bisexualidad a plumazo limpio. Tras media hora de lloros, ella te mira y dice “está bien, no pasa nada. Lo acepto”.

-Pero no lo entiendes…

-¿Cómo quieres que lo entienda? Yo te acepto y es lo más que puedo hacer.

-Has sido la primera, ¿sabes? pero me gustaría que todos lo supieran.

-¿Ahora? ¿y si luego cambias de idea? No digas nada hasta no estar segura, para que la gente no lo pase mal.

La gente. Siempre los demás en lugar de ese “nosotras” que nunca llega.

Y ahí está ella, siete años después, preguntándome por mi vida y hablando de mis emociones. Confiándole mis amores y dándome los mejores consejos.

¿Sabes? mamá siempre dice que ella no sabe maternar, que no es lo suyo. Que lo hizo todo mal. Que no supo escuchar mis necesidades y cambiarme de colegio tras el tercer intento de clavarme el dolor en las arterias. Ay, si lo hubiera hecho. Las nereidas se hubiesen quedado cortas a nuestro lado.

Es increíble lo bien que se le da esto de maternar a pesar de no tener ni idea. Acompañándome por el Sena y asumiendo conceptos como “no binario” “transexual” “queer”. Ella, tan Lidia Falcón a veces, tan binaria, aprendiendo a zancadas y quitándose prejuicios.

Siempre dudando de su valía, siempre pensando que pudo haberlo hecho mejor. Y ahí estás, quejándote de lo masculinizado que está el Orgullo. Quizá es que siempre fue así, me dices. Te digo que no, que hace 50 años una tal Marsha Johnson, negra, trans y bisexual, en compañía de Silvia Rivera, comenzó la revuelta de Stonewall. Qué valor tenía esa mujer, me dices sorprendida.

Supongo que tampoco he sido una hija fácil, te digo. Tan desviada, perezosa, caótica y desmedida. Aprendiendo a ramalazos a día de hoy y aceptando lo que soy.

Y ahí estás tú, desdibujada entre lágrimas y miedos, soñando una y otra vez con salir del túnel. Un túnel que reflejas en dibujos, relatos y más. Y aquí estoy yo, a la salida de ese túnel.

No te voy a mentir: nos sigue doliendo ser quiénes somos. Nos seguimos cuestionando y el miedo a ese pasado que ya fue apremia en los que nos vuelven a amenazar.

“Feminista de mierda. Atea. Repu. Empollona. Rarita”. Ha desaparecido , pero vuelven mediatizados en un global “feminazis, rojas, pijoprogres, bolleras y maricones”. Pero esta vez no estamos solas, y juntes caminamos más fuertes. El abrigo de quién sabes que ha experimentado tu mismo dolor, e incluso a escalas mayores, no es comparable a nada.

Querida mía, no temas. Conocerás mundo y follarás. Sí. Follar. Sé que te da un poco de recelo esa palabra. “Follar”. Tan coitocentrista que la han hecho, que ha perdido toda su gracia. Pero deja que te diga que, como tú misma descubrirás, “follar” es mucho más que eso. Es lamer, saborear, olisquear, salpicar, soñar y tocar sin miedo a quien quieras. Es sentir por encima de las fronteras. Y prepárate, porque vas a gozar de lo lindo.

Prepárate a que te quieran. A que te digan lo creativa que eres. A tus primeros éxitos. A ser tú misma en la primera línea de pancarta. Prepárate a ser feliz, carajo, que te lo has ganao a pulso.

Y cuando estés sola y triste, tan solo cierra los ojos. Aunque no lo creas, a pocos kilómetros dirección norte alguien sufre como tú. Os esperan tardes de risas y alborotos, de compañía y de revolución. Gira la flecha ahora en dirección noroeste, sur, este. Rompe la veleta, caray, que hay gente maravillosa en todas las direcciones dispuesta a acompañarte en el camino.

Tal solo decirte que te quiero. Mucho. Por lo que has aguantado y lo rápido que cicatrizas tus heridas. Por haberme enseñado a resistir. Confía en mí, pequeña, nos esperan cosas muy buenas.

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