Infancia robada.

“¿Jugar? ¿Es que no piensa en otra cosa a sus siete años cumplidos?”

Miss Nelly, niñera de Celia (Elena Fortún, 1928).

Érase una vez un mundo de adultos. De egos. De asientos parlamentarios que juzgan la identidad de otres desde el vicio a lo ajeno. De padres engalanados que compraban el cariño de sus hijos. De señores demasiado ocupados en dejar atado y bien atado un futuro carbonizado a quienes han obligado a nacer. A existir. Por el simple deseo onanista de la crianza de postín.

Llegáis a este mundo por el vicio adulto de seguir el pacto marcado: la boda, los niños, el chalet y las vacaciones con todo pagado. Un mundo de privilegios perfectamente orquestado para que vuestro griterío disidente no moleste a la gente mayor. Y así, vuestros padres os depositan en las manos expertas de terceros para delegar cuidados y seguir con el gin tonic. Del campamento de verano a las clases de violín. Espacios perfectamente segmentados para que vuestra conducta no enturbe la paz de aquellos que ya han tenido bastante con pagaros el cole privado.

Os veo jugar en el patio todas las tardes. Vuestras voces abruptas vienen y van mientras mendigáis por cinco minutos más de juego. Y miráis quizá extrañados a quienes os tutelan, pensando si aquello, si esa vida gris, es a lo máximo a lo que podéis aspirar.

Vidas hipotecadas que pasan entre facturas y el férreo peso de la norma. Vidas que un día enfocaron en contrapicado, como vosotros, pero que han optado por un frío plano general donde todo pasa y nada queda. Quizá fue eso lo que nos hizo convertirnos en seres tan vengativos, imponiendo el código por los siglos de los siglos.

Condicionan al máximo vuestro tiempo libre y luego se regocijan de vuestra libertad. Os dicen que os portéis, que no montéis tanto jaleo. Coaccionando cada una de vuestras acciones desde que nacéis. Marcando el género por encima de vuestras posibilidades.

Cómo explicaros lo ridícula que me siento a veces, con esta adultez ácida que aplana y desgasta. Este esmoquin de señora bien que recicla y se limpia de pecado en cada gesto burgués. De quién olvida de donde vino para resistir en la jungla urbana. Pidiendo perdón por disentir y optar por el camino angosto.

Cinco años de terapia han tenido que remediar el dolor de un cuerpo abyecto. Cinco años tras los cuales mi respiración se sigue agitando ante cada imprevisto. Ante cada vínculo que se tuerce.

Hubo un tiempo en el que lo que más me importaba era vivir con ella en la granja de caballos. Y escribir. Sin parar. Tardes de círculos de peluches que planificaban en asambleas cómo derrotar al malo malísimo. Pequeña anarquista de rizos rebeldes a la que el pueblo siempre se le hizo un poco pequeño.

En aquellos días no había “pines” ni solapas fascistas que amenazasen mi “educación”. Todo era más tranquilo, dicen. La salvia y el musgo guiaba nuestro aprendizaje a golpe de sal. O al menos eso cuentan.

No hubo pines, no. Los noventa suenan en mi memoria como el recuerdo asolado de un pasado soñado que ya fue. Pero tras la estela naif que algunos entonan en su discurso, yo no olvido. No olvido cómo te miraba con fervor. Sintiendo algo más y acallándolo. Por si las moscas. Por si los caballos o las vacas, como solía decir. Por si venían los mismos hombres malos que habían rapado a tu bisabuela en aquella Guerra.

La Guerra. La Guerra de la que nos hablaban en diferido, con la suficiente cautela para no avivar lo impuro. Una Guerra que pasó y se metió a golpe de tonadilla, aquel canto al Sol que entonaba mi abuela para recordarme que no siempre fuimos tan libres.

La misma tonadilla se vuelve adusta y fiera en la guitarra de esa madre, que no busca más que un puñado de votantes en las redes. Mientras entona, acaricia la nariz de su hija levemente, guardando el afecto y priorizando lo recto. Por su parte, es problable que su hija no quiera más que el resto: jugar. Jugar a romper los moldes. Y se disfraza. Y toma ese vestido de Wonder Woman mientras escucha cómo su madre decide ya no solo por ella, sino por todos los niños.

Ay, pequeñas rebeldes. Qué os habéis creído. Que os creéis que podéis acostaros tarde, comer lo que queráis y hacer lo que os dé la gana. La libertad se os queda chica para estos señores de alta gama. Ellos ya han concebido un perfectísimo plan para vosotras: arresto domiciliario que deviene académico por aquello del currículum.

Ellos os han concebido y así lo han decidido. Y sin rechistar, que hay que ser buenos y no levantar la voz.

Con afecto cronometrado os harán creer que tenéis hasta derechos. Os comprarán la libertad con fiestas y celebraciones. Os pagarán un cole muy caro para que salgáis tan adustos como ellos. Sin pisar el borde.

¿Que por qué tanto interés? Ay, criaturas. Porque les pertenecéis. Y es cosa de buenos adultos el embellecer lo propio: el coche más rápido, el traje más caro y los niños mejor adaptados. Porque en este sistema capitalista, queridos niños, vosotros no sois más que una proyección cuántica de vuestros padres.

Ay, pero poco saben estos adultos de lo que un niño puede hacer. De las maneras que tiene la infancia para hacerse valer. No hay nada que active más la conciencia de un niño que decirle que no puede o no debe hacer algo.

Negadles volar, y ellos construirán sus propias alas para salir de vuestras cárceles.

Negadles amar, y ellos os enseñarán que otras vías afectivas son posibles.

Negadles ser, y ellos reformularán el género hasta hacer enmudecer a la mismísima Butler.

No hay pin ni censura válida para la infancia. Porque ella volverá para demostraros que sí es posible. Que sí se puede.

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