El miedo es el mensaje.

Aquí no va a pasar. Fijas con sangre tu seguridad ciudadana del Primer Mundo. Un caso aislado. Dos. Diez. Veinte y ya no hay mascarillas. Asumo una cuarentena voluntaria en mi rincón castizo. Asumo también una supuesta paranoia que me bloquea cada vez que voy a comprar, buscando desesperadamente los dos metros de separación.

En apenas 4 días, acuso un estado que no es el propio. Toco, desinfecto, lavo, seco y limpio. El tempus que marca las horas. Una amiga llama, quedamos y lo intento. Fracaso a nivel de Gran Vía, volviendo a casa y encerrándome hasta nuevo aviso.

¿Soy yo? Digo. El resto parece normal. Se besan y abrazan sin miedo aparente. Tengo experiencia asumida en ser la excepción. El avis rara que desmarca el contador. Todo parece seguir como siempre y, sin embargo, yo no puedo ni dar ni un paso sin sentir que se me congela el aliento. Diafragma tomado que bloquea la salida. No puedo.

Tras las sucesivas llamadas familiares, valoro la posibilidad de hacer ese viaje a casa. 120 metros cuadrados que privilegian una posible cuarentena sin riesgo para los progenitores. Accedo y tomo el tren. El jabón antiséptico es mi única arma y mi estado burgués que puede permitirse un taxi, mi defensa de clase.

Piso el Atlántico y atisbo el mismo clima de pánico controlado en la mater que me ha parido. Y digo, oye pues ni tan mal. Sigamos con el escenario. Cero contacto. Un metro toujours. Paseo fortuito antes de que no sea posible. Disfrutemos de cada instante. Juguemos a la hecatombe entre litros de lejía, alcohol y buen gesto. Conservemos el espíritu.

Y entonces sucede. El Estado decreta Alarma y dejamos de ser la excepción. Los vecinos cierran mientras el foráneo llega. Y me sumo al odio, olvidando mi complejo capitalino de quién busca resguardo más allá de 30 metros cuadrados. Y me sala la dama rancia y digo que no. Que así no. Que en casa, leñe. Que qué manía de este pueblo con estar todo el día en la santa calle. Y mientras asumo el mantra de Doña, sigo atenta el mensaje.

Yo nunca he sido mucho de autoridades. Me aburren. Me agotan. Y paso total del primer plano institucional que acota el marco de lo posible. Me creo libre en mi subterfugio rebelde. Pedro, colegui, no vengas ahora de damo pretencioso a acojonarme viva que yo ya lo estaba. Que no me puedo mover de mi casa. Eso será porque yo lo diga, guapi. Que a mi coño solidario no le hace falta un señoro que dicte sentencia. Que ya se encierra él solito, sin que nadie le diga nada.

Me cruzo de brazos y mi gesto altivo mira con cierta condescendencia a quiénes hacen acopio de víveres. Yo ya he estado ahí, cari. Afirmo, toda digna, mientras me sumerjo en mi lectura de cuarentena. Mi experiencia previa como investigadora me ha dado la fuerza necesaria para afrontar este parón. Pienso, segura, mientras calculo cuánto tiempo pasará hasta que pueda presentar mi Tesis y pasar de escenario.

En estos días de aprendizaje, volver al hogar no es fácil. El silencio ensordecedor de la calle contrasta con la compañía impuesta de los televisores familiares. Alerta. Atento. Muerte. Caos. Aviso. Quiero matar a Ferreras y solo llevo unos días de cuarentena. Mejor no pensar en esa última semana. El cuidado exhaustivo y la obsesión higiénica me impiden disfrutar de mi ensoñación del encierro literario que no termina. La tinta se me escapa sin que pueda darle forma. La coacción del “no tocar” se impone sobre mi rostro y es más fuerte que la creatividad que palpita entre mis dedos.

Voy de lista y encero con una seguridad aprehendida los días por venir. Me encaro al desconcierto e impongo al infinito la templanza del afecto a dos metros. Me reconcilio con cada resquicio de pasado tomado en los pasillos del hogar mientras me digo: sí se puede. Preparo un calendario autogestionado de cuidados para no desfallecer. Improviso clases de yoga en el salón de casa mientras me guardo del carbohidrato maldito de medianoche. Me engalano con chaqué y calcetines roídos, adaptando el buen gusto a la comodidad del sujetador desabrochado.

Respiro. Paro y siento. El calor humano. El desajuste asumido. La risa descontrolada. El sentir colectivo. La brisa marina tomada por litros de etanol público que impiden lo bucólico. El no hacer. El olvidar. Sentir que el tiempo se para.

Mientras me impongo la seguridad, me reencuentro con mi rincón favorito: el balcón. Y saboreo el vino mientras me acuerdo de aquellos juegos. Recuerdo y te siento como antes. Comparo lo viejo con lo que está por venir y me siento afortunada de vivirlo. El reto de lo desconocido. El miedo impuesto y controlado.

Asumo el desconcierto mientras veo al Corona de cerca. Se parece un poco a mi neurodivergencia. Acojonan por su alcance ilimitado, pero bien mirados tienen sus cosas buenas. El pararse. El detenerlo todo. Prioriza el cuidado por encima de lo económico. Nos muestra con nitidez el valor de un abrazo. Y nos tiene a todos comiendo conservas casi vegetas, atiborrándonos de fruta para subir las defensas. El cabrón es más hippie que alguna de mis amantes. Ya lo veo devolviéndonos la gracia de los derechos sociales a ritmo de neoliberal arrepentido.

Quizá no estemos tan mal. Puede que sea necesario este mutar para devenir algo más que meros consumidores. Quizá es el guiño que necesitábamos. Así que sigue su ritmo. No te exijas y pausa el paso. No hay prisa. El privilegio del vacío que inmoviliza al Ibex 35. Disfruta del ralentí y déjate llevar.

 

 

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