De lo burgués y privilegiado.

Soy una dama elevada que no duda en mostrar sus virtudes cada vez que tiene la ocasión. Y cómo no, la pandemia me da el contexto perfecto. Riesgo, infección, pavor, temor y el privilegio de lo privado. Atenerse a lo último para seguir la línea y quedar bien.

Llevo meses entre cuatro paredes. Una realidad anónima y generalizada para quiénes podemos permitírnoslo. Los del DNI, la casa y, si me apuras, la conexión a internet. Los del privilegio asegurado, puede. No ya por lo demagógico de “poder quedarme en casa porque la tengo”, sino por lo privilegiado de saberme segura. Una fortaleza moral limitada por la probabilidad de ser violada y/o asesinada, pero fortaleza al fin y al cabo.

Soy, por lo tanto, una dama bien. De las que se pueden permitir el no votar, no acudir a la seguridad social o no ser siempre la perfecta ciudadana. Mi doña elevada que me habita decide renunciar conscientemente a varios de esos privilegios cuando le da el pairo. Porque quiere pero, sobre todo, porque puede.

Dentro del libre albedrío que me permite mi blanquitud, permanecí en casa como buena ardilla introspectiva. Un mutis en el espacio-tiempo que no dudo en continuar hoy en día. Desde este posicionamiento superlativo del yo-centrismo elevado, lo primero que sale estos días es la doña enmascarillada que se altera. Se altera por los que se aproximan por encima del metro y medio. Se altera por los fachas. Por los “no-soy-facha-ni-todo-lo-contrario”.

Partiendo de ese posicionamiento de Doña rancia, que la gente se salte aquello que tomo como norma me altera. Cómo salís a la calle a manifestaros. Pero cómo se os ocurre.

A dos toques de balón de meterla en propia, paro y retroceso. Venga, sí, sé lo que ibas a decir. Policía de balcón. Sí, tú también. La que estabas a punto de comparar a los de Núñez de Balboa con Lavapiés. Viva esa neutralidad neofascista, cariño. Viva.

“Pero es que, si al menos llevasen protecci….”. Cuidado, cari. Deja que te recuerde una cosilla: París, primavera del 2018. Te creías muy moderna y te ibas de antifa con tus colegas de colectivo. Una tarde cualquiera repartiendo panfletos. Os paráis. Un guardia se acerca. Desenfunda su gracia y apunta el K7. Oh, sorpresa. El arma justo cae entre tu hombro y el de tu compañera, ligeramente inclinado hacia ella. Qué cosas. 30 personas y el señor va y apunta a la única persona racializada.

Te cagaste de miedo. Reconócelo. Entonces ella te miró con cautela.” Tranquila, esto pasa a veces. Nosotras estamos ya acostumbradas”. No fue necesario ni  un fonema siquiera. La fuerza de su mano sobre la mía lo dijo todo. Estoy aquí, compañera, no va a pasar nada.

Estaba claro que no era la primera vez. No digo que mi compañera estuviera acostumbrada a que le pusieran un k7 encima, pero desde luego no fue extrañamiento lo que percibí en su gesto. Más bien, una cotidianidad aprehendida. Necesariamente absorbida.

Su mano tranquila frente al frío vigilante de la norma. Su fuerza sigilosa frente a la violencia explícita del poder. Un hecho tan inhóspito me permitió asumir dónde estaba ella y dónde estaba yo. Las dos mujeres. Pero no iguales. Jamás iguales ante el código.

No he ido a ninguna de las marchas. He permanecido sigilosa. Muto en ser pasivo que escucha por segundos y aprendo a soltar poder. Desearía habitar otra realidad. Reconocerme privilegiada me molesta. Siento que me resta libertad de queja. Y lo que es peor, responsabilidad en la lucha. Un potencial poder de opresión que acortona el grito. Y entonces me callo. Y me doy cuenta de que, en ciertas ocasiones, el que calla no otorga. Simplemente deja caer y se desplaza para compartir ese espacio tan codiciado de lo público. Seguir siendo mientras asumimos nuestras aristas opresoras y opresivas. Encauzando el camino para que quepan todes.

El proceso es lento, tedioso, infinito. Pero no queda otra.

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